Érase una vez, una entidad ensoñadora, que se pasaba las horas del día en ensoñaciones, y antes de dormir se contaba un cuento para, al cerrar los ojos, seguir soñando. Tal era su naturaleza, que su existencia en la realidad era tan solo para poder tener consciencia y así poder soñar. Tal era su naturaleza que todo aquello que percibía en la realidad no era sino biomasa para los calderos de su imaginación.
En un día de tormenta, en la que la araña perdió cinco de sus ocho patas, se topó también con aquella entidad despistada que se ahogaría sin siquiera enterarse, y decidió brindarle refugio.
Tras hacerse amigas, la araña prometió que si algún día tenía la fortuna de nacer con diez dedos en lugar de ocho patas, plasmaría en papel todo aquello cuanto la entidad soñara.
La entidad se conmovió, y tras fallecer la araña por su deficiencia en la cacería, imaginó un mundo en el que su alma le devolvía la vida.
No imaginó, sin embargo, que su corazón tornaría a su imaginación en realidad, y que su alma, fusionada con el de la araña, nacería una madrugada a orillas de un arroyito frío, cuyo humedal ahora estaba ya seco.