Escuetos
jueves, 9 de abril de 2026
ESCUETOS
jueves, 26 de marzo de 2026
Entre la luna y una luciérnaga
Las noches oscuras, las sin luna, suelen tenerse como las más peligrosas. Cuando es difícil distinguir la mano que se es extendida frente a los ojos, es fácil imaginar el sin fin de criaturas que podrían estar acechando lejos del conocimiento de nuestros sentidos.
Pero ante el peligro inminente llega el resguardo, la precaución. Se busca un refugio, se aspira el confort de la compañía conocida.
Son las noches de luna llena las que verdaderamente representan un peligro, especialmente para las criaturas curiosas. Cuyo ser y existencia está basada en la curiosidad.
La luz de la luna es engañosa. Permite ver apenas lo suficiente para otorgar una aparente sensación de seguridad, haciendo olvidar que es la noche la que está en los cielos. Engaña, borra de la memoria el conocimiento de aún permanecer envueltos en su oscuridad tenebrosa.
Son las noches de luna llena las peligrosas, pues otorgan valentía a aquellos que no la tenían. Alimenta la curiosidad innata de las personas y les da esa falsa seguridad con sus rayos grises, plateados, engañando al mostrar el mundo como en realidad no es. (repetido)
Cada pequeño movimiento es registrado, cada pequeño ruido es un llamado, uno que busca mover los pasos, los tuyos, los míos, los de cualquiera.
Continuará...
Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.
miércoles, 25 de marzo de 2026
Sueño de un día de otoño
Esa mañana, eligió no salir a cazar. Prefirió acompañar a recolectar. Su mente estaba intranquila, prefirió una actividad más regular para ayudar.
Mientras los demás subían a los árboles, agrupando los frutos frescos, ella permaneció en la superficie, cuidando la colecta, recogiendo aparte los frutos caídos.
Los inspeccionaba con paciencia. A pesar de la apariencia brillante externa de la fruta, los tajos visibles eran clara señal negativa, a penas unos minutos después de la caída eran suficientes para que sus otros depredadores reclamaran su carne.
Otro indicador era la dureza. Los dedos conocían cuando lo blando era sinónimo de podredumbre.
Conocía esto, y lo aplicó con demasiada exigencia al contar con apenas dos frutas en el tacho.
La mirada fija en su labor, con grandes gotas de sudor colándose del rostro al cuello, en más de una ocasión su atención también se centró por completo en un grano de arena, estaba fijándose en su interior.
Fue un sueño muy vívido, demasiado para ser sueño, lo suficiente ilógico como para ser recuerdo. Pero lo recordaba de inicio a fin, con una claridad angustiante.
Soñó con un césped desconocido, hojas redondas, semi lanceoladas, superpuestas, diminutas. Soñó con unos pies que lo pisaban, uñas pintadas, que se limpiaban de las hormigas que de vez en cuando las escalaban.
Soñó con una sombra que se proyectaba ante ella, los límites de la cual se acentuaban y borraban en proporción al dolor ardiente en sus espaldas, sobre los hombros cuando el cabello ya no bastó para proteger.
Soñó que corrió bajo un árbol. Habían tres gatos descansando ante su llegada, el más pequeño saltó a jugar, los dos restantes a inspeccionar, ya la conocían.
En el suelo de marrón dispar, el pequeño le señaló un rosa particular. Al recogerlo, se trataba de una flor, y el viento trajo el aviso de pan recién horneado.
Tras aguantar la tentación, examinó la flor, que no era más grande que la mitad de la yema de su dedo meñique. No era ni dura ni blanda, como las almohadillas de las patas de un gato.
Consistía en una copa de base roja, fucsia, rosada, por acabar siendo blanca. De ella surgían cinco redondos pétalos, blancos, queriendo ser blancos, pero una pincelada púrpura lo impedía.
La dejó caer, en su sueño, para seguir jugando con el gato, pero el púrpura se extendió por el árbol. Miró su base, miró el tronco, manos pintadas.
Tanteó el tamaño, dos falanges sobraban. Pero a medida que se ponía de pie, las manchas aumentaban, y el tamaño aumentaba. Y el pequeño gato escalaba persiguiendo sus dedos, el árbol crujía bajo sus garras en el intento.
Cuando las manchas acabaron, se encontró incrustando los dedos en las estrías del árbol. Eran pocas, pero su edad se delataba, lo hacía en los líquenes pegados a su corteza, ásperos, suaves, secos, hasta que su recorrido tornó a las arrugas de aquella mano, y en su sorpresa, posó ambas sobre el palo.
Dedo central, derecho e izquierdo, ambos con un anillo plateado de filigrana que la hicieron retroceder, tomar aire, acariciar acercar ambos a los labios. Uno era frío, extremadamente frío. Era el izquierdo.
Fue así que miró arriba, un racimo entero, lleno de las flores y capullos. Sin pensarlo, sus dedos volvieron a recorrer el tallo, áspero, sereno, tan fuerte le pareció que no creyó la facilidad con la que, con un crujido de hojas secas, la rama se pulverizó en sus manos, pero solo la parte que tenía entre los dedos.
En sus brazos cayó el resto, abofeteada resultó por las hojas verdes de juventud y suavidad inigualables, cubiertas de flores que caían, dejando entrever el fruto para el cual existían.
De tan liviano que era, pegó un salto a carcajadas sin razón que alertó a un ave que allí anidaba. La impresión provocó que, en el sueño, saliera corriendo. Y en su huida, alcanzó a divisar a los tres gatos, y los tres habían perdido la vida.
No podría ser el
fin
Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.
jueves, 12 de febrero de 2026
Cemento, asfalto y empedrado
—Cemento, asfalto y empedrado, además de un calor sofocante irreal. ¿Era ese el mundo en que naciste?
—Hacía calor, eso es seguro. Pero el mundo en el que nací, está a tres pasos de ahí.
—A un paso de acá hay, hay un pastizal sin senderos y un ave rapaz esperando al acecho. A dos pasos, hay un circuito de arroyos inconexos, que inician en el suelo y acaban en el cielo. Pero, ¿a tres pasos?
—A tres pasos hay verde en vez de cielo, frío sin viento y un aguacero eterno. Cuando pisas el suelo, los sentidos se vuelven rocío y musgo.
—Cuando el asfalto aprenda a caminar, sabremos qué hay cuatro pasos más allá.
—Ya aprendió a caminar, y habrá lo que hay cuatro pasos atrás.
—Cemento, asfalto y empedrado, además de un calor sofocante cotidiano.
—Fin.
Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.
miércoles, 10 de diciembre de 2025
La sociedad del agua
La civilización del agua se trataba de una sociedad basada exclusivamente en el uso, distribución y comercialización del agua.
El día a día de un ciudadano promedio de esta sociedad giraba en torno, de manera casi exclusiva, alrededor de esta.
Sus habitantes despertaban, y lo primero que hacían era levantarse de sus cómodas camas de agua, solo para deslizarse a la habitación en donde se acicalaban, para comenzar a lavarse frondosamente el rostro, con abundante agua. Se limpiaban también las cavidades bucales, con igual cantidad de agua.
Otros, no pareciéndoles suficiente aquello, derramaban por todo su cuerpo aquel líquido, o se zambullían en él por unos cuántos minutos.
Cualquiera fuera la elección, en ambos casos, cerraban esa rutina mañanera con un gran vaso lleno de agua siendo ingerido de golpe.
Su rutina continuaba con ellos saliendo a trabajar en distintas labores, todo con el fin de conseguir liquidez financiera suficiente para poder solventar el gasto de vivir con agua, cada vez más agua.
Siempre había alguien haciendo una pausa para tomar agua. Su comida era preparada a base de agua, de diversas maneras. Con seres que se habían alimentado de agua, con especias y saborizantes, pero siempre con agua.
Incluso sus reuniones sociales eran a base de agua. Se reunían en rondas para charlar mientras se turnaban en beber agua de alguien que les servía gustoso. O, en ocasiones, compraban botellas y latas de agua, toneladas de ella comprimidas en aquellos envases, y se sentaban a reír alrededor de su consumo.
Para la civilización del agua, una sociedad basada cas única y exclusivamente en el agua, el agua tenía poca importancia.
Nadie se ponía a hablar de ella. Habían quienes la recordaban, pero solo cuando faltaba, antes de ser repuesta.
Tanta era la tan poca importancia que le daban, que cuando unos niños, tras descubrir la fuente de toda el agua, por su curiosidad de infantes, buscaron alertar a la sociedad sobre su deplorable estado y su próxima extinción. Los ciudadanos prefirieron masacrar a los niños, dejar que su sangre volviera a alimentar a la tierra, porque creían que así surgía el agua en tiempos ancestrales, y por eso la gente en el pasado orquestaba guerras interminables sin motivo alguno.
Y aquello volvió a ocurrir.
Como lo predijeron los niños, la fuente del agua se secó, la sociedad del agua colapsó.
Comenzaron a masacrarse uno a otros buscando revivir el nacimiento, pero la sangre solo envenenó los causes que aún querían vivir, y nadie sobrevivió.
Fin.
Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.
domingo, 23 de noviembre de 2025
La heladería
-Helado. -Gato. -Libro. -Tele. -Alcancía de búho.
Inicio: Helado-gato.
Desarrollo: Alcancía de búho-libro.
Cierre: Tele.
Es tan solitario aquí.
Hacía mucho, mucho calor esa tarde. Tanto calor como en las tardes de noviembre.
En medio del calor, vagaba un gato. Un gato negro, tan negro como el asfalto que le quemaba las almohadillad de las patas.
Por ese mismo calor, buscó refugio y consuelo en una heladería. ¿Qué podría ser mejor? Sombra buena y un alimento frío.
Fue así que al ingresar fue recibido por el comensal, el búho alcancía del ocal.
—¡Buenas tardes! Sea usted bienvenido. ¿Qué desearía consumir?
El gato fue golpeado, no solo por el caluroso saludo de bienvenida, sino por el aire frío del local que contrastaba.
—Solo deseo algo que me aleje la fatiga del calor, cualquier cosa está bien.
Pero aquella respuesta no satisfizo al búho.
—¡Por supuesto! ¿Tiene algún sabor de preferencia? ¿Alguna presentación que le agrade más? ¿Va a comer acá o es para llevar?
La interminable ola de preguntas hizo que el calor le regresara al gato.
—Solo para comer acá, en ese vasito, el más pequeño. ¿El sabor? Escoja el sabor que a usted más le guste para mí.
Grave error preguntar por aquello. En el semblante del búho se podía observar el entusiasmo , encendiéndose, acresentándose. Con un brillo de ilusión en sus ojos, comenzó a hablar.
—¡Ah! ¡El que más me gusta! ¿Cuál podría ser? O más bien, ¡cuál podría no ser! En los días en los que siento cansancio, ¡el chocoláte es mi preferido, repone la energía! Cuando me siento triste o de ánimos caídos, ¡el de frutilla es mi primera opción! Pero cuando siento mucho calor en los días de tanto sol como ahora, ¡el de mburukujá o el de limón, si, el limón es mi preferido! Pero acá entre nos, cuando estoy acá, solito, debajo del aire, solito, mi mejor compañía es el helado de vainilla. Ah, que suave y tierna compañía.
El búho pareció finalmente acabar su monólogo de sabores cuando el hastío del gato se tornó en sorpresa. El entusiasmo del búho se había condensado en una lágrima, para luego transformarse en llanto.
El pobre gato, desesperado, trató de consolar a la alcancía, de encontrar el motivo de su angustia repentina.
—Es solo que me encuentro tan solo. No tengo a nadie con quien hablar. Paso mis horas esperando a que alguien venga a pedir un helado, pero todos se van apenas consiguen uno.
—Entiendo eso, pero ¿no le parece que buscar compañía en el trabajo es algo contradictorio?
—Es que no puedo salir. Solo me puedo quedar acá, ese es mi trabajo.
—Bueno, lo voy a acompañar un rato, para que no se sienta tan triste. Sírvame un helado de vainilla y después nos sentamos.
El búho volvió a estar rebozante de felicidad, porque había encontrado la compañía que tanto quería.
Después de sentarse, buscaron qué hacer. Se les ocurrió leer un libro que estaba por ahí, pero por causa del entusiasmo del búho, el helado cayó sobre este.
Al final, decidieron mirar la tele y comentar los programas que aparecían.
Fin...
menudo final apresurado.
Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.
jueves, 4 de enero de 2024
Amor para vivir
La joven duquesa vivía con el corazón dividido. Creció amando las historias de romance, que leía con frecuencia, a la vez crecía para seguir los pasos de su padre y valorar el deber que adquirió de nacimiento.
Así, una noche despejada, al ver pasar una estrella fugaz, pidió su deseo. Para cumplir ambos ideales de su alma, se dividió en dos.
Para cumplir ambos ideales de su alma, se dividió en dos.
Una fue a vivir su romance con un caballero con quien se había enamorado perdidamente, vivió su vida, adquirió responsabilidades y fue feliz.
La otra mitad, se casó por conveniencia y aprendió a amar a su pareja. Cumplió con sus responsabilidades y fue feliz.
Al momento de su muerte, volvió a unirse y vio que la proporción de tristeza en ambas vidas era la misma, y que el romance en su vida como plebeya había pasado a ser un elemento más en su vida, lo mismo que con sus responsabilidades en la vida de duquesa.
La vida entera, en ambos casos para ella, había sido cada cosa que la alegraba, la entristecía, le daba rabia y la hacía sentir viva.
En ambos casos, fue feliz.
Fin.
Manuscrito en Cuentario Celeste araña.
ESCUETOS
Érease una vez, una pequeña araña que le tenía miedo a los arácnidos. Era así, hasta que un día se miró al espejo. Miró sus ocho ojos y sus ...
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Había esta manzana, manzana que nadie escogió, porque comer una manzana es como comer hambre. Esta terminó sintiéndose m...
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Una entidad milenaria de origen desconocido se quejaba todos los días por distintas razones, y en aquel día en particular se enco...
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Ignorancia: Es mirar desde lo más bajo de este mundo. Cuando miras desde abajo lo único que puede ser apreciado es el cielo. Es hermoso, per...