-Helado. -Gato. -Libro. -Tele. -Alcancía de búho.
Inicio: Helado-gato.
Desarrollo: Alcancía de búho-libro.
Cierre: Tele.
Es tan solitario aquí.
Hacía mucho, mucho calor esa tarde. Tanto calor como en las tardes de noviembre.
En medio del calor, vagaba un gato. Un gato negro, tan negro como el asfalto que le quemaba las almohadillad de las patas.
Por ese mismo calor, buscó refugio y consuelo en una heladería. ¿Qué podría ser mejor? Sombra buena y un alimento frío.
Fue así que al ingresar fue recibido por el comensal, el búho alcancía del ocal.
—¡Buenas tardes! Sea usted bienvenido. ¿Qué desearía consumir?
El gato fue golpeado, no solo por el caluroso saludo de bienvenida, sino por el aire frío del local que contrastaba.
—Solo deseo algo que me aleje la fatiga del calor, cualquier cosa está bien.
Pero aquella respuesta no satisfizo al búho.
—¡Por supuesto! ¿Tiene algún sabor de preferencia? ¿Alguna presentación que le agrade más? ¿Va a comer acá o es para llevar?
La interminable ola de preguntas hizo que el calor le regresara al gato.
—Solo para comer acá, en ese vasito, el más pequeño. ¿El sabor? Escoja el sabor que a usted más le guste para mí.
Grave error preguntar por aquello. En el semblante del búho se podía observar el entusiasmo , encendiéndose, acresentándose. Con un brillo de ilusión en sus ojos, comenzó a hablar.
—¡Ah! ¡El que más me gusta! ¿Cuál podría ser? O más bien, ¡cuál podría no ser! En los días en los que siento cansancio, ¡el chocoláte es mi preferido, repone la energía! Cuando me siento triste o de ánimos caídos, ¡el de frutilla es mi primera opción! Pero cuando siento mucho calor en los días de tanto sol como ahora, ¡el de mburukujá o el de limón, si, el limón es mi preferido! Pero acá entre nos, cuando estoy acá, solito, debajo del aire, solito, mi mejor compañía es el helado de vainilla. Ah, que suave y tierna compañía.
El búho pareció finalmente acabar su monólogo de sabores cuando el hastío del gato se tornó en sorpresa. El entusiasmo del búho se había condensado en una lágrima, para luego transformarse en llanto.
El pobre gato, desesperado, trató de consolar a la alcancía, de encontrar el motivo de su angustia repentina.
—Es solo que me encuentro tan solo. No tengo a nadie con quien hablar. Paso mis horas esperando a que alguien venga a pedir un helado, pero todos se van apenas consiguen uno.
—Entiendo eso, pero ¿no le parece que buscar compañía en el trabajo es algo contradictorio?
—Es que no puedo salir. Solo me puedo quedar acá, ese es mi trabajo.
—Bueno, lo voy a acompañar un rato, para que no se sienta tan triste. Sírvame un helado de vainilla y después nos sentamos.
El búho volvió a estar rebozante de felicidad, porque había encontrado la compañía que tanto quería.
Después de sentarse, buscaron qué hacer. Se les ocurrió leer un libro que estaba por ahí, pero por causa del entusiasmo del búho, el helado cayó sobre este.
Al final, decidieron mirar la tele y comentar los programas que aparecían.
Fin...
menudo final apresurado.
Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.
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