Esa mañana, eligió no salir a cazar. Prefirió acompañar a recolectar. Su mente estaba intranquila, prefirió una actividad más regular para ayudar.
Mientras los demás subían a los árboles, agrupando los frutos frescos, ella permaneció en la superficie, cuidando la colecta, recogiendo aparte los frutos caídos.
Los inspeccionaba con paciencia. A pesar de la apariencia brillante externa de la fruta, los tajos visibles eran clara señal negativa, a penas unos minutos después de la caída eran suficientes para que sus otros depredadores reclamaran su carne.
Otro indicador era la dureza. Los dedos conocían cuando lo blando era sinónimo de podredumbre.
Conocía esto, y lo aplicó con demasiada exigencia al contar con apenas dos frutas en el tacho.
La mirada fija en su labor, con grandes gotas de sudor colándose del rostro al cuello, en más de una ocasión su atención también se centró por completo en un grano de arena, estaba fijándose en su interior.
Fue un sueño muy vívido, demasiado para ser sueño, lo suficiente ilógico como para ser recuerdo. Pero lo recordaba de inicio a fin, con una claridad angustiante.
Soñó con un césped desconocido, hojas redondas, semi lanceoladas, superpuestas, diminutas. Soñó con unos pies que lo pisaban, uñas pintadas, que se limpiaban de las hormigas que de vez en cuando las escalaban.
Soñó con una sombra que se proyectaba ante ella, los límites de la cual se acentuaban y borraban en proporción al dolor ardiente en sus espaldas, sobre los hombros cuando el cabello ya no bastó para proteger.
Soñó que corrió bajo un árbol. Habían tres gatos descansando ante su llegada, el más pequeño saltó a jugar, los dos restantes a inspeccionar, ya la conocían.
En el suelo de marrón dispar, el pequeño le señaló un rosa particular. Al recogerlo, se trataba de una flor, y el viento trajo el aviso de pan recién horneado.
Tras aguantar la tentación, examinó la flor, que no era más grande que la mitad de la yema de su dedo meñique. No era ni dura ni blanda, como las almohadillas de las patas de un gato.
Consistía en una copa de base roja, fucsia, rosada, por acabar siendo blanca. De ella surgían cinco redondos pétalos, blancos, queriendo ser blancos, pero una pincelada púrpura lo impedía.
La dejó caer, en su sueño, para seguir jugando con el gato, pero el púrpura se extendió por el árbol. Miró su base, miró el tronco, manos pintadas.
Tanteó el tamaño, dos falanges sobraban. Pero a medida que se ponía de pie, las manchas aumentaban, y el tamaño aumentaba. Y el pequeño gato escalaba persiguiendo sus dedos, el árbol crujía bajo sus garras en el intento.
Cuando las manchas acabaron, se encontró incrustando los dedos en las estrías del árbol. Eran pocas, pero su edad se delataba, lo hacía en los líquenes pegados a su corteza, ásperos, suaves, secos, hasta que su recorrido tornó a las arrugas de aquella mano, y en su sorpresa, posó ambas sobre el palo.
Dedo central, derecho e izquierdo, ambos con un anillo plateado de filigrana que la hicieron retroceder, tomar aire, acariciar acercar ambos a los labios. Uno era frío, extremadamente frío. Era el izquierdo.
Fue así que miró arriba, un racimo entero, lleno de las flores y capullos. Sin pensarlo, sus dedos volvieron a recorrer el tallo, áspero, sereno, tan fuerte le pareció que no creyó la facilidad con la que, con un crujido de hojas secas, la rama se pulverizó en sus manos, pero solo la parte que tenía entre los dedos.
En sus brazos cayó el resto, abofeteada resultó por las hojas verdes de juventud y suavidad inigualables, cubiertas de flores que caían, dejando entrever el fruto para el cual existían.
De tan liviano que era, pegó un salto a carcajadas sin razón que alertó a un ave que allí anidaba. La impresión provocó que, en el sueño, saliera corriendo. Y en su huida, alcanzó a divisar a los tres gatos, y los tres habían perdido la vida.
No podría ser el
fin
Manuscrito en Cuaderno de Sensorialidad Rosada.
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